una taza de café
Esta mañana,
me senté junto a la ventana,
con una taza de café
aún tibia
entre mis manos,
observando cómo la luz
entraba poco a poco
en la habitación.
De pronto,
mi mente
se aquietó.
Mi respiración
se volvió
suave,
lenta.
En el pecho,
apareció
un vacío
cálido
y gentil.
Una quietud
permitida.
Y tú—
¿has dejado,
últimamente,
que te detengas—
aunque sea
solo
por un momento?

